La empresa detrás de ChatGPT ha presentado confidencialmente su solicitud de OPV ante la SEC, el regulador bursátil de Estados Unidos. Goldman Sachs y Morgan Stanley están asesorando la operación. El objetivo es cotizar en Wall Street en otoño de 2026, con una valoración que el mercado sitúa en torno al billón de dólares. Sí, con b. Una cifra que, de confirmarse, la colocaría directamente entre las empresas más valiosas del mundo desde el primer día de cotización.
Para entender lo que esto significa, hay que recordar de dónde viene OpenAI. Nació en 2015 como laboratorio sin ánimo de lucro. Su misión fundacional era desarrollar inteligencia artificial para el beneficio de toda la humanidad, no para generar rentabilidad. Diez años después, esa misma organización está a punto de salir a bolsa con una valoración superior a la de la mayoría de bancos, automovilísticas y farmacéuticas del planeta. [Financial Times]
Los números que hay detrás
OpenAI cerró 2025 con ingresos de 13.100 millones de dólares y a principios de 2026 ya registraba un ritmo anualizado de 25.000 millones. ChatGPT tiene 400 millones de usuarios semanales. En marzo de 2026 cerró la mayor ronda de financiación privada de la historia tecnológica: 122.000 millones de dólares, con participación de NVIDIA, Amazon y SoftBank.
Y aun así, la empresa pierde dinero. Mucho. Las proyecciones apuntan a pérdidas de 14.000 millones de dólares solo en 2026, con un horizonte de rentabilidad que no llega antes de 2029. El motivo es tan sencillo como brutal: entrenar y operar modelos de inteligencia artificial a esta escala cuesta sumas que ninguna empresa había necesitado gestionar antes.
La salida a bolsa, entonces, no es solo un evento financiero. Es la decisión de OpenAI de abrir sus cuentas al escrutinio público, someterse a los ritmos del mercado y financiar esa infraestructura con capital de accionistas ordinarios que esperarán resultados.
Lo que cambia cuando una empresa así cotiza en bolsa
Una empresa privada puede permitirse quemar capital durante años si sus inversores tienen paciencia y visión de largo plazo. Una empresa cotizada vive en otro tiempo: el del trimestre, el de la expectativa de los analistas, el de la presión constante por demostrar que el negocio avanza en la dirección correcta.
Para OpenAI, esto implica varios movimientos que ya se pueden anticipar. Primero, acelerar la monetización de todos sus productos. La gratuidad de ChatGPT ha sido una herramienta de crecimiento posible gracias al capital privado. Con accionistas, cada usuario que no paga es un coste que hay que justificar. Segundo, demostrar que la apuesta por la IA agéntica, los modelos de razonamiento avanzado y la expansión hacia el sector empresarial generan ingresos reales y sostenibles. Tercero, navegar una relación con Microsoft que posee aproximadamente el 27% de la compañía y ha invertido más de 13.000 millones de dólares, que será uno de los focos de atención más delicados ante los reguladores.
Nada de esto es sencillo. La propia directora financiera de OpenAI, Sarah Friar, expresó internamente sus dudas sobre si la empresa estaría preparada para dar este paso en el plazo que maneja Sam Altman. Una IPO exige una gobernanza interna ordenada, controles financieros robustos y una capacidad de ejecución que resista el escrutinio constante de reguladores y analistas. Y OpenAI llega a este momento todavía construyendo esa estructura.
El contexto más amplio: 2026 como el año de las grandes salidas a bolsa de IA
OpenAI no está sola. El año 2026 se perfila como el momento en que varias de las grandes empresas privadas de inteligencia artificial buscarán liquidez en los mercados públicos. Anthropic, con una trayectoria centrada en la seguridad y el segmento empresarial, y SpaceX, con una valoración que algunos sitúan por encima de 1,75 billones, están en la misma conversación. En conjunto, se habla de una ola de salidas a bolsa que podría movilizar más de cuatro billones de dólares en valoraciones combinadas.
Es el momento en que la industria de la IA pasa de ser financiada por capital de riesgo a ser financiada por los mercados. Con todo lo que eso implica: más transparencia, más presión por la rentabilidad, pero también más recursos para seguir invirtiendo en infraestructura e investigación.
Lo que queda pendiente
El proceso es confidencial por ahora. Eso significa que los números detallados de OpenAI, su estructura de costes real y sus proyecciones financieras no son públicos todavía. Quien afirme saber exactamente cómo va a evolucionar el precio de sus herramientas o su modelo de negocio tras la IPO está especulando.
Lo que sí está claro es que el proveedor de la herramienta de IA más usada del mundo va a tener, a partir de otoño, unas obligaciones que no tenía antes. Y que esas obligaciones van a modelar sus decisiones de producto, de precios y de estrategia durante los próximos años.
La inteligencia artificial ya no es solo tecnología. Es también un activo financiero sometido a las reglas del mercado. Y eso lo cambia todo.


